Agresividad

La agresividad, una moda creciente

14 noviembre 2012

La agresividad, una moda creciente

La violencia y la agresividad se han transformado en la manera de relacionarse actualmente. Ha acaparado todos los ámbitos de la vida, desde la sociedad hasta el hogar, pasando por centros educativos, deportes, espectáculos, y demás espacios de relacionamiento interpersonal.

No es novedad que los medios de comunicación actúan como entusiastas portavoces de los acontecimientos violentos y que muchas veces aportan su contribución para acrecentarlos y de este modo asegurar su fuente de ingresos. Pero la agresividad está latente en las personas como una huella genética que puede ser despertada por una combinación de factores que incluyen componentes genéticos y ambientales, como las experiencias de vida acumuladas a lo largo de la vida.

Nuestra potencialidad para la agresión está moderada por el entorno y por el aprendizaje de cada individuo, donde los padres, maestros y personas referentes del niño, desempeñan un papel protagónico.

Es fundamental que el niño observe modelos alternativos al comportamiento agresivo y a la ira, para que tenga oportunidad de no ser agresivo. Es imprescindible que el niño sea tratado con consideración y afecto, para que se muestre considerado y afectuoso.

Cuando los padres gritan a los niños para que obedezcan, están dando el mensaje de que para obtener lo que quieren, deben gritar. El niño que obtiene atención sólo cuando molesta, reafirmará este comportamiento. El niño aprende de los actos de los mayores, no de sus palabras y actúa de acuerdo a ello.

La cultura y los medios de comunicación tienen un rol importante, paralelamente a las influencias de la familia. Las situaciones violentas (ya sea personales como en los medios de comunicación) desensibilizan a los niños, que las incorporan como patrones de comportamiento normal. La sucesiva exposición lleva a la pérdida de la capacidad crítica frente a estos sucesos.

También los factores estresantes sociales favorecen el comportamiento agresivo. Un ejemplo común es el desempleo y las dificultades que la reinserción laboral implica, lo cual lleva a la frustración. El sedentarismo, las necesidades básicas no satisfechas, son otros de los estresantes.

Sin embargo, no todas las personas que están sometidas a factores estresantes, caen en comportamientos agresivos, ya que no basta con el hecho estresante, sino que debe estar acompañado de una percepción favorable a la violencia.

Un elemento social que mucho daño ha producido es el constructo de la diferenciación sexual, que atribuye a la agresividad masculina el estatus de rasgo característico de dicha identidad. Esto hace que se aprueben e incluso, fomenten conductas agresivas en los varones, aún cuando son niños.

Un mito que tiene bastante arraigo y que lleva a conductas agresivas, se basa en la creencia errónea de que resulta beneficioso descargar las emociones, aún la ira. Esto no es cierto, ya que la descarga emocional positiva requiere de un trabajo interno previo. La manera asertiva de expresar las emociones no es mediante la agresión, sino todo lo contrario, en calma y respetando a los demás.

No significa que no podamos enojarnos o molestarnos cuando no obtenemos los resultados deseados, sino que no podemos reaccionar de manera desmedida o agresiva.

Las personas que se enojan u ofenden con facilidad, suelen tener una manera agresiva de comunicarse y tienden a vociferar, amenazar y perder el control. Estas conductas suelen darles resultado, pues los demás tienden a evitar conflictos y ceden, pero no siempre es así y su conducta resulta en un rechazo por parte de los otros que los lleva a la soledad.

Cuando la agresividad se torna crónica, quienes la sufren tienen mayor riesgo de padecer hipertensión arterial y trastornos cardiovasculares.

 

¿Cómo combatir la agresividad?

El primer paso para manejar la ira y la agresividad está en identificar las situaciones en las que surge este comportamiento, la forma en que interpretamos dichas situaciones y las acciones que tomamos frente a ellas que puedan herirnos o herir a otros.

Completado el primer paso, se deben aprender las habilidades comunicativas apropiadas para relacionarse saludablemente con los otros.

Algunas estrategias para evitar los comportamientos agresivos son:

Buscar el momento apropiado para expresar sentimientos o tratar temas importantes.

Buscar soluciones a los temas que nos preocupan, en lugar de reprochar.

No calificar a las personas que nos enojan, sino calificar la situación del momento. Por ejemplo: “No me ayudas con los chicos”.

• Ser flexibles ante las acciones de los demás, ya que no pueden reaccionar como lo haríamos nosotros mismos.

• No juzgar a los demás, tienen derecho a opinar diferente. Lo que resulta más productivo es buscar acuerdos. La convivencia implica la necesidad de negociar constantemente.

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